Una crianza adecuada no sólo requiere de padres que sepan poner límites si no que también de padres capaces de elogiar a sus hijos y escuchar lo que nos gritan en esas acciones que constantemente queremos castigar.
Una crianza adecuada no sólo requiere de padres que sepan poner límites si no que también de padres capaces de elogiar a sus hijos y escuchar lo que nos gritan en esas acciones que constantemente queremos castigar.
Por José Miguel Pueyo, psicoanalista
Es conocido que las ambigüedades, las imprecisiones y la falta de discriminación es caldo de cultivo de muchas e indeseables confusiones. Esto es algo que el clínico no debería permitirse por diferentes razones, también por lo que debe a sus lectores y sin duda a aquellos que no aplauden cualquier cosa, incluso si viene de su propio campo ideológico. La terapeuta familiar Laura Gutman parece intuir algunas cosas de la condición humana y de la manera de atajar algunos de los problemas del hombre; sólo eso. Así es a juzgar ante todo por lo que afirma en la entrevista que le hizo Lluís Amiguet para la Contra de La Vanguardia, aparecida en este periódico el pasado jueves, 31 de marzo. (1).
El lema «Si siempre quieres tener la razón, nunca tendrás la verdad» sirve para poco si se ahorra al lector que ese lema recoge la diferencia entre las razones, habitualmente imaginarias del yo, y la verdad, que es la del sujeto-al-Otro. Así es porque este lema admite ciento y una interpretaciones imaginarias si no se explica que habla del sujeto escindido entre el saber y la verdad, esto es, del sujeto descubierto por Freud, o lo que es lo mismo, de la diferencia entre el desconocimiento del yo (moi) y la verdad del sujeto del inconsciente, yo (je). Pero en la entrevista que hoy sucintamente comento se omite que en lo dicho (en el bla, bla, bla.,) puede haber un decir, esto es, una verdad que la persona que habla, el yo para ser más exactos, no puede escuchar. Si la falta de claridad y concreción es ya de por sí grave en este asunto, incluso lo es más omitir que las cosas tienen un origen, que hubo investigadores que por haberlas dicho merecen ser nombrados, más aun si las dijeron para evitar interpretaciones imaginarias. Laura Gutman es de esas personas que se ponen la tirita antes del trauma, pues como los que gustan curarse en salud, recurre a la socorrida fórmula, «Lo que digo es tan antiguo como la humanidad, pero por eso mismo se ha vuelto tan actual olvidarlo: conócete a ti mismo.»
El terapeuta, en este caso la terapeuta, hace del consejo su habitual proceder clínico. ¿Y qué consejos, santo cielo! Creer que la gente en Catalunya no sabe siquiera que no es bueno abusar de la Blackberry…, que menos aún lo es quedarse apalancado en el sofá de casa con los niños…, que es conveniente buscar buenos amigos con los que compartir..., denota algo más que mucha imaginación. Prueba de ello, la primera de todas, es que la Blackberry, como otros gadgets o letosas de nuestra época, según las expresiones de Jacques Lacan, no es, a diferencia de lo que se dice en la entrevista, un objeto de la modernidad, pues se trata de uno de los originarios de la postmodernidad, un objeto de la revolución tecnológica que se inauguró hace poco más de cien años.
(¡Señor, señor, que cruz! Mira que tener que repetir a estas alturas del partido cosas tan conocidas; bueno, conocidas no por todos, como se echa de ver). Se sabe, además, que los consejos pueden generar lo que uno menos imagina. En este caso, haber si a los padres que siguen el consejo de esta terapeuta familiar de buscar compadres y comadres, (que mal suena esta última palabra), les pasa lo que a menudo ocurre. Es decir, haber si con tanto compadreo y comadreo se hace bueno el sentido que estos significantes tenían ya en la Castilla de la época de La Celestina, y, por lo mismo, o sea, como efecto del benefactor coloquio y mejor relación a alguno se le hincha la cabeza por el frontal, y el amigo y padrino pasa a ser algo más para la familia, y así también para el niño al que tan humanitariamente se pretende proteger. Bueno, si es para bien, alguien podrá argüir; y yo, por supuesto, estaría de acuerdo de ser así. Pero sea como digo o de otra manera, sin duda alguien apuntará, y tal vez con razón, que en esta entrevista nadie escucha lo que dice, y que por omisiones y extravíos clínicos de indudable calado constituye una conversación insulsa y desorientadora.
Ya en los primeros cursos de las carreras del ámbito de las llamadas ciencias de salud psíquica el estudiante oye hablar de la identificación, que al ser inconsciente se diferencia de la imitación. O sea, escucha a los profesores que porque a uno le digan tonto o listo en la niñez no por eso necesariamente se vuelve tonto o listo. El hecho es que el profesor, en esta ocasión, no se equivoca, a diferencia del que entiende, como es el caso de esta terapeuta que si «tu familia te adjudica un papel y así te conviertes en el tonto o el listo; el vago o el empollón; la guapa o la simpática…». Del mismo modo que las cosas no son ni mucho menos como el sentido común hace creer, el sujeto tiene distintas salidas, por ejemplo, demostrar con hechos fehacientes que no es el tonto de la familia, que no es el tonto que sus padres tal vez quisieron que fuera.
Por otra parte, ¿quién no conoce que un niño puede adaptarse al síntoma-deseo de los padres, y que puede hacerlo sin verse presionado a ello? Así es en tanto que su deseo puede ser el de convertirse en el objeto del deseo del Otro, esto es, en ser deseado por el Otro encarnado en los padres. Ocurre de esta manera frecuentemente por ser ese el deseo primordial de la criatura humana. Pasemos ahora al deseo de la madre. ¿Qué quiere la madre, qué quiere por ser, a semejanza de cualquier otra persona, un sujeto en falta, un sujeto de la falta que caracteriza al Otro que la habita? Por esa falta del Otro que la hace deseante, Freud decía, y la clínica como en tantas otras ocasiones le da la razón, que la mujer podía querer cualquier cosa, cualquier cosa para calmar esa insatisfacción que produce la falta del Otro, podía querer cualquier cosa para sentirse completa, realizada, como habitualmente se dice, y decía también que entre las cosas que podía querer se encontraba un hijo, un bebe. He aquí una de las maneras, bastante frecuente por cierto además de varias veces milenaria, de calmar la insatisfacción del Otro por ser el lugar de una falta, de una falta que, dicho sea de paso, demanda que sea colmada. Cabe añadir que por esa operación uno y otro, madre y niño, devienen sin falta, devienen completos, pues el niño obtura la falta de la madre, y el niño se imagina completo por el amor de ésta. ¿Qué denuncia esa relación de deseos? En una primera aproximación, habría que indicar que se trata de la respuesta básica y fundamental que denuncia el horror a la castración del sujeto humano, el horror a la falta del Otro que nos habita. Además, que ese horror procede de una separación necesaria para la salud del niño, pues se trata de la separación del alienante abrazo madre-hijo, separación que implica la salida del ámbito del goce-Todo por ser un nudo de deseos complementarios presidido por el narcisismo primario. Y ya en tercer lugar pero no por eso menos importante, que siendo necesaria la separación, el niño sale de la misma, lógicamente, herido en su narcisismo; herida que está del lado del sujeto supuesto normal.
Laura Gutman, en realidad, no habla de otra cosa, pero todo indica que, a imitación del poeta, no sabe la verdad que expresa cuando relata, por ejemplo, «Yo me quedé embarazada y fui madre sin quererlo, sin que mi identidad fuera la maternidad. De repente, me di cuenta de que tenía un niño que requería toda mi persona y no sólo el trocito de madre que le quedaba a él después de haberme realizado en todo lo demás: profesional, mujer atractiva, intelectual, mujer con vida social...». Y a la pregunta de Lluís Amiguet ¿Y cómo lo solucionó? dice « No hay soluciones, sólo hay verdades y mentiras. La verdad es que mi hijo había nacido para ser el centro de mi vida, pero él percibía que no lo era y llamaba la atención sobre eso portándose mal». (Un hijo que no es el centro de la vida de la madre; eso está bien, pues en la frustración del hijo hay que ver la separación del abrazo alienante, del estrago del Otro materno que ejerce la Función-del-Padre, en este caso por un sujeto que está del lado mujer).
Los padres, como bien dice esta terapeuta, no tienen la culpa de todo. Pero parece desconocer, al menos porque no lo menciona, la existencia de la pulsión (pulsiones agresivas e incestuosas, sin ir más lejos) en el niño, o sea, no indica la parte que le corresponde al niño en la conformación de la identidad.
En cuando a la consideración «Si tu familia era rica, conservadora y bienpensante y tú jamás te planteaste dejar de serlo, serás un hijo obediente, pero... ¿serás tú?», baste indicar que eso de ser tú, de ser uno mismo, no deja de desprender un hedor narcisista. Por otra parte, consideraciones como «…hay que ser uno mismo, sin trabas e imposiciones familiares», constituyen obviedades que disimulan más su pretensión demagógica. Esas ideas ejemplifican el mencionado horror a la castración; y es también por el horror a la falta-a-ser que una persona puede erguirse en abanderado contra esa primordial bofetada al narcisismo. Los problemas ahora son dos: que la terapeuta no señala que la castración es la condición de la salud; y que quien plantea que hay que ser uno mismo es un profesional de la salud psíquica. Además, todos vivimos vidas que no son las nuestras; y es así en la mayor normalidad. El motivo radica en que el Otro que rige nuestra existencia, o sea, cuanto hacemos, pensamos y deseamos, se conformó con identificaciones, ya sean buenas, regulares o malas.
Laura Gutman admite que no descubre nada. Pero la sinceridad aquí podría interpretarse como excusa y defensa a un mismo tiempo. Y, en realidad, cuando dice que el sujeto estará condenado a repetir las pautas y los valores que le dio su familia, escamotea al lector que fue Jacques Lacan quien advirtió que la repetición era uno de los factores esenciales en el devenir del hombre; y tampoco informa que Rosine Lefort, Maud Mannoni, Françoise Dolto, E. Lemoine, Frances Tustin, y el mismo Lacan, entre otros, no se cansaron de repetir que el niño podía ser un síntoma de la familia, así como una suerte de sinthome en tanto que puede mantenerla unida.
Tampoco dice mucho a favor de esta terapeuta la ausencia de todo diferencia en los procedimientos clínicos que mencionada. La complicación ahora es que alguien podría suponer que las constelaciones familiares, la meditación o el autoanálisis, que ella menciona, son iguales, en cuanto a la revelación de la verdad del síntoma y su disolución, que el psicoanálisis, al que pone en el mismo paquete.
Un extravío clínico no menor es creer que «Para crecer tienes que tomar conciencia de ese guión que tu familia escribió para ti: descubrir el papel que te asignaron y por qué», o sea, los traumas de la vida acaban cuando uno es consciente de ellos, tomando «… conciencia. Tienes que descubrir que lo que viviste de niño es diferente de lo que crees que viviste o te han hecho creer que viviste...». Contrariamente a lo que se dice, tomar conciencia de un trauma, de un problema no es suficiente; y, en realidad, de eso sabe bastante y desde siempre el neurótico y no por ello su vida ha mejorado. Y es que la disolución de un síntoma requiere, entre otras cosas, de los modos de la interpretación psicoanalítica; así es porque está comprobado que la interpretación por el sentido habitualmente consolida el síntoma, y, por consiguiente, produce un efecto contrario al que se persigue.
Para terminarlo de arreglar, el democrático «Los caminos son muchos y cada uno elige el suyo…», queda matizado, curiosa y paradójicamente, con dos puntuaciones a cual más inquietante: con el consejo tácito de ‘no terribilizar’ que define a la doctrina cognitivo conductual, pues animar a admitir «que ni tú ni tus problemas son tan importantes»; y con el banal «…encuentra a alguien que te diga lo que no quieres oír. ¡Eso es muy fácil! No me refiero a tus enemigos, sino a un amigo que te diga la verdad, porque el enemigo te dirá cosas que no te gustan pero que no siempre son ciertas; el amigo te dirá cosas ciertas, aunque no siempre te gusten». ¿A qué oscura razón cabe atribuir que esta terapeuta no advierta que el amigo al que reclamas ayuda puede estar peor que tú?
Añadiré, y no sólo por cuestiones clínicas, que del mismo modo que la democracia no es sinónimo de todo vale, no todo en el ámbito clínico es igual ni tiene el mismo valor; y también en ese sentido me permito recordar que la historia de la psicología enseña que el método introspectivo permite conocer algo, pero algo siempre imaginario. No deja de ser sorprendente y sintomático, por lo demás, que algunas personas anhelen la segunda entrega de la terapeuta familar Laura Gutman.
(1). (http://www.lavanguardia.es/lacontra/20110331/54134012356/si-siempre-quieres-tener-razon-nunca-tendras-la-verdad.html).