"El sello de los papas actuales es su inconsistencia"
“
Es que los cientos de niños y jóvenes que han pasado por su consulta
en sus más de dos décadas de experiencia terapéutica, junto a sus
estudios de especialización en neurosicología infanto-juvenil, le dan
autoridad para cuestionar a viva voz, y de un modo imperativo, el rol
de los educadores, incluido el de los padres. Acerca de los profesores,
no se ha mordido la lengua para decir que son “unos lateros y poco
motivadores, que no están a tono con sus tiempos”. Sobre los padres, ya
verá usted todo lo que dice aquí, que no es poco. Asertiva, pero con un gran sentido didáctico, sus juicios pueden
tener efectos de movimiento telúrico. “Un adolescente es una especie de
receta de cocción lenta. Uno cocina un adolescente durante 15 años y él
va a ser lo que uno empezó a guisar 15 años atrás”. – “Niños con pataletas, adolescentes desafiantes”, fue algo
que anunciaba en su anterior libro. ¿Qué factores paternos han
conducido a este escenario? –La educación emocional de niños y adolescentes debe mirarse como
una trayectoria similar a lo que pudiera ser la educación escolar:
educación especial, de los 0 a los 7 años; educación final de los 7 a
los 15 años; y, finalmente, lanzar al joven al mundo, de los 15 en
adelante, etapa en la que el adolescente debiera ser ya capaz de tomar
sus propias decisiones y hacerse cargo responsablemente de sí mismo. Es
que la educación emocional de los chicos es bastante más breve de lo
que los padres creen. De los 15 en adelante, guste o no, los
adolescentes empiezan a tener una toma de decisiones que es muy amplia.
Y para hacerlo en forma responsable necesitan haber sido muy bien
formados en los primeros 15 años. Es imposible pretender que a los 15
años yo le voy a enseñar a un chico cómo cuidarse y guiarse. –El escenario educativo en los hogares no ha sido ese precisamente. –Estamos ante un escenario de mucha improvisación. Diría que el
sello de los papás hoy día es la inconsistencia en educar, más que
permisividad. Yo a eso le llamo una cierta bipolaridad en la educación,
porque son permisivos hasta que se exasperan o se asustan. Y una vez
que eso sucede pasan a ser autoritarios, restrictivos y castigadores.
Así todo va mal. –¿Y a qué se debe esta inconsistencia paterna y materna? –A varios los factores. Desean que sus hijos tengan más autonomía,
pero mal entendida, porque un niño, por ejemplo a los 9 años, debe
tener una autonomía dirigida y no total: eso de “haz lo que quieras” o
“decide tú” no funciona. Otro factor es el poco tiempo que los padres
pasan en casa: no quieren hacerse mala sangre, desean estar bien el
poco rato que están con sus hijos y les permiten más de la cuenta. Y,
en tercer lugar, influye notoriamente el que los padres están proclives
a dejarse llevar más por la sicología que por la sensatez. Y están
equivocados. Especialmente a los de 40 a 45 años se los convenció
(desde la sicología) de que no había nada peor que frustrar a los
hijos, pues favorecía las depresiones y cuadros de ansiedad. Es una
generación de padres que empezó muy temprano a conceder a sus hijos
para evitarles las frustraciones y éste es el resultado: jóvenes
desafiantes. –Causa de que hoy tengamos una generación de adolescentes intolerantes a la frustración, cortoplacistas. –Justamente. Es una generación que no es capaz de posponer una
gratificación por un bien mayor. Sobre todo si ese aspecto positivo va
a venir a mediano plazo. Se refleja, por ejemplo, en adolescentes a los
que el papá les dice: “Voy a hacer un esfuerzo por mandarte a estudiar
al extranjero, pero si me haces un curso intensivo de inglés en el
verano”. Y el joven le responde: “¡Ah, no! ¿Y qué va a pasar con mis
vacaciones, cómo se te ocurre. Cómo vas a ser tan mala gente de no
mandarme a intercambio”. Ellos quieren todo de inmediato. Son chicos a
los que les cuesta muchísimo proyectarse a algo bueno en un horizonte
más lejano. –¿Hay que frustar para educar? –Sí, hay que frustrar y a los padres eso les asusta. –¿No sirve que los padres se instruyan en los aportes de la sicología? –El conocimiento para educar hijos es un tercio de la tarea de los
padres, pero la intuición, el sentido común y el amor hacen los dos
tercios restantes. El conocimiento que necesitan es muy básico: es
simplemente pensar qué vino a hacer mi hijo al mundo a la edad que
tiene, cuáles son las tareas a cumplir y cómo lo voy a acompañar. Pero
el sentido común y el cariño hacen la diferencia. –¿Y hasta dónde controlarlos? –El control directo sobre el adolescente es nefasto. Siempre digo
que los adolescentes son como submarinos muy modernos, silenciosos, que
no se van a detectar con ningún radar. Mientras más guardacostas haya,
más se van a sumergir. Entonces intentar controlarlos metiéndose a ver
con quién chatea, haciéndose amigo virtual de sus hijos con otra
identidad o metiéndose en su diario de vida, no va a dar resultado. Lo
que sí da resultado es la confianza recíproca; y eso se trabaja desde
muy pequeño. Es imposible pedirle recién cuando es adolescente que
confíe en mí. A continuación, invitamos a Amanda Céspedes a abordar paso a paso
diferentes coyunturas y problemas que padres e hijos adolescentes
enfrentan hoy: cómo ejercer esa guía emocional, ese sello distinto que
ella tanto evoca como imprescindible para marcar la diferencia, siendo
afectivos en la crianza. INTERNET Y REDES SOCIALES CARRETE, ¿CUÁNTO? NUEVO ENVASE PARA EL AFECTO BUENAS RAZONES PARA RESGUARDAR EL SUEÑO ALCOHOL Y DROGAS AGRESIVIDAD, ¿QUÉ HACER CON ELLA? SEXUALIDAD MANEJO DE DINERO E INCLUSO TARJETAS EXCESOS EN EL USO DE NUEVAS TECNOLOGÍAS
“¿Qué hace que un joven busque su metro cuadrado en forma desesperada,
aislándose mediante internet? La incomunicación o el mal clima en el
hogar puede ser la causa. A veces evitan estar con los adultos porque
saben que lo van a pasar mal: les van a hablar de cosas ingratas, van a
sentirse enjuiciados. Ejemplo: les van a decir que son flojos, que de
nuevo dejaron la toalla encima de la cama. Muchos padres tienden a
aprovechar los espacios de comunicación para educar desesperadamente,
mientras han estado concediendo de manera desmedida durante mucho
tiempo. En las familias acogedoras, donde se conversa de todo, los
chicos no están tanto en internet. Un segundo problema es la
autoestima: si los jóvenes no han recibido reconocimiento, van a
buscarlo de manera externa, exponiéndose en la red, poniendo su foto y
datos allí. Respecto del tiempo de uso, hay que acotar las horas frente
a los computadores y no es aconsejable que tengan equipos en los
dormitorios hasta pasados los 15 años”.
¿Qué hacer ante la solicitud de varios días de permiso para carretear,
incluyendo el llamado “viernes chico” (nombre que se da al carrete del
jueves). “Hay un criterio infalible, que es la biología. El cerebro de
un joven entre los 13 y 20 años está en pleno desarrollo, por lo tanto
necesita una vida saludable. Si carretea dos días a la semana, con la
previa incluida, en que recién a la una de la madrugada está yéndose a
la fiesta, a poco andar de este ritmo de vida va a estar enfermo. Soy
taxativa en esto: un día a la semana de carrete es suficiente entre los
13 y 16 años. Desde esa edad en adelante, el chico tiene que ser capaz
de decir: “Mamá, voy a carretear solamente un día esta semana, porque
con más quedo destruido”. ¿Razones para darle?: porque no es sano, no
va a poder rendir en el colegio y se va a empezar a enfermar. Hay que
decir que no nomás y de una vez y luego no discutirlo más, porque los
adolescentes van a exponer argumentos que a uno le van a partir el
corazón, saben usar muy bien la puñalada: te van a decir que es la
fiesta del año, el momento más importante de sus vidas…”.
“En la adolescencia los padres pasamos a un segundo plano y el respeto
es un poquito velado. Los amigos pasan a tener una importancia
fundamental. ¿Cómo mantener y preservar una buena relación afectiva?
Variándola: uno le tiene que dar otro envase al afecto. Por ejemplo,
instaurar salir a comer una vez al mes; caminar o hacer deportes juntos
y después pasar a comer un helado y conversar. Y ahí insisto mucho en
que los padres deben aprender la comunicación afectiva con sus hijos,
que es fundamental. Hay que enriquecerla y hacerla más cercana. Tiene
que ser horizontal, pero al mismo tiempo basada en la autoridad, porque
ellos nos siguen viendo como autoridad”.
“Hay una relación muy directa entre la deuda crónica de sueño y
experimentar alteraciones en la regulación de la insulina y el
colesterol, lo que a su vez favorece la depresión. Entonces, si no
cuidamos que los adolescentes duerman lo necesario y bien, estamos
favoreciendo ciertas patologías. Necesitan dormir ocho horas y de
noche. Los padres están perdidos en este tema: en vacaciones de verano,
por ejemplo, está pasando que los chicos no tienen idea de que
estuvieron en la playa, porque la visitaron a las dos de la mañana para
carretear y en el día estaban durmiendo, el veraneo se transforma en un
modelo de mala vida”.
“Cuando me plantean el tema, digo: hasta los 15 años los chicos no
deben beber. ¿La razón? Entre los 13 y los 15 años se están formando,
de manera muy acelerada, millones de nuevas conexiones cerebrares,
especialmente en la corteza cerebral. Éstas se ponen en marcha
coincidiendo con la pubertad, comandadas por las hormonas. El alcohol
es un neurotóxico y dependiendo del tipo de alcohol que el adolescente
beba es el grado de toxicidad que va a sufrir. El alcohol, así, va a
ser equivalente a la tijera de un jardinero: corta e interrumpe
conexiones cerebrales fundamentales para el aprendizaje intelectual y
para la inteligencia emocional. Daña, muchas veces irreversiblemente,
la arquitectura cerebral que en ese momento se está construyendo. Con
este aprendizaje previo, desde los 16 años el beber debe ser una
opción. No la de los padres, bajo amenaza, que les digan `pobre de ti
que te vea bebiendo´. La idea es educarlos para que cuando vayan a
beber puedan hacer una buena opción. Decirles: `Si vas a beber, con una
cerveza tienes suficiente. Uno bebe para hacer vinculaciones sociales y
con un vaso de cerveza de más puedes estar dos horas´. Y sobre el abuso
de alcohol y drogas, si hay un factor de inmunidad, ese es el afecto,
la valoración y la comunicación emocional. Atiendo a cientos de chicos
que nunca van a tener una adicción. ¿Qué les sucede, son pernos? Nada
de eso, sólo que ellos disfrutan muchísimo de su vida familiar”.
“Cuando un adolescente se pone agresivo, tenemos que pensar que está
viviendo una situación límite, pero subjetiva. ¿Está demasiado ansioso
o irritable? Si es así, es porque está sometido a un estrés excesivo.
No es conveniente detenerlo con la misma violencia, amenazándolo con
quitarle algún beneficio, pues se entra en un juego peligrosísimo de
poder. Conviene, en cambio, decirle al hijo: `No es normal estar
agresivo, ¿qué te está pasando?´. Y conversar para buscar soluciones”.
“La actitud de los padres frente a la sexualidad adolescente está en
relación con su sistema de creencias. Es imposible dictar una regla.
Otro tema es la sexualidad adolescente en sí, que es real y hay que
hacerse cargo de ella. El sexo es el mejor ansiolítico, antidepresivo y
vitamina que existe, es la actividad humana que libera más endorfinas.
Si los chicos están iniciando una actividad sexual intensa es porque
están buscando un ansiolítico o un analgésico. Si mi hijo está
acostándose con su polola siete días a la semana, diría que está
sometido a estrés o un dolor del alma. Si es una actividad normal, de
una o dos veces a la semana, uno debe procurar que sea responsable. Hay
muchos jóvenes que están teniendo actividad sexual y son responsables.
Lo mejor es conversar con ellos, no tener miedo. Nadie puede pensar que
por hablarles de sexo, se les van a abrir los ojos. Tal vez el hijo es
casto y no va a tener interés en el sexo. Pero si se trata de hijos muy
sensuales, mejor hablarles, porque si no, están corriendo riesgo por
estar desinformados”.
Esta es la primera generación que tiene tanta disponibilidad de dinero,
¿cuál es la justa medida? “La mejor educación en el área del dinero es
la de la austeridad. Decirles: `No porque las cosas estén al alcance de
la mano, las vas a tener´. Es bueno enseñar a esperar para conseguir
algo, para aprender a quererlo: lo que más rápido se obtiene, más
pronto se desecha. Y sobre tarjetas de crédito o débito que están dando
los padres a los hijos, yo no soy partidaria de que eso suceda hasta
los 21 años, cuando tengan la madurez necesaria. La mesada sí, porque
es educativa para saber ahorrar, hacer un presupuesto y aprender a
distribuir recursos. Para un chico de 15 años, una mesada de tres mil
pesos a la semana parece suficiente. En esta sociedad en que hay tanto,
da pena decirles que no, pero es muy educativo”.
“Me preocupa que a mayor tecnología, hay mayor incomunicación y
aledonia (incapacidad de disfrutar). Los adolescentes consumen y
cambian hoy la tecnología como si nada, pese a sus altos costos. Con
eso están aprendiendo a vivir en lo desechable. Y así como desechan
objetos, más tarde van a desechar a las personas”.

Para que aprendas un poquito más.